Tareas e ilustraciones: una compañera de infancia”

Cuando estaba en tercer año de primaria, el maestro Víctor —titular de nuestro grupo y guardián involuntario de nuestras tardes— tenía una consigna casi inquebrantable: para cada tarea, una monografía. No siempre era fácil. No todas las papelerías las tenían, así que la búsqueda se convertía en una pequeña expedición por la colonia, una especie de rally infantil entre mostradores, anaqueles y miradas de “no nos queda”.
Con el tiempo, en casa comenzó a formarse algo parecido a un archivo secreto: una bolsa de monografías. Cada nueva compra dejaba un remanente —una ilustración arrancada, un tema aprovechado— y lo demás se guardaba, como si supiéramos que el futuro volvería a pedir exactamente eso. Mi madre, estratega silenciosa, lo entendió antes que nadie. Desde entonces, cada vez que un maestro pedía una monografía, su respuesta era inmediata, casi ceremonial: “Busca primero en la bolsa de las monografías, a ver si hay”.
Y casi siempre, había.
Fue en esos mismos años cuando apareció una aliada inesperada: la revista “Tareas e ilustraciones”, de Editorial Vid. Llegaba puntual a los puestos de periódicos, como si supiera exactamente lo que necesitábamos antes de que lo supiéramos nosotros. Cada edición reunía los temas de la semana, organizados por grado, alineados con ese mapa invisible que dictaba la SEP.
Era, en cierto modo, un compendio doméstico del conocimiento escolar: Español, Matemáticas, Ciencias Naturales y Sociales, explicados con paciencia y acompañados de ejercicios que prometían claridad. Pero su verdadero tesoro vivía en las orillas: la portada y la contraportada. Ahí estaban las ilustraciones, listas para ser recortadas y pegadas, como monografías en miniatura que resolvían, de un solo tajo, la parte más visual de la tarea.
Mi madre no fallaba. Cada semana, la revista llegaba a nuestras manos como parte del ritual familiar. Era herramienta, atajo y también compañía. Durante un par de años, nos evitó muchas caminatas bajo el sol en busca de una monografía esquiva, y convirtió la mesa de la casa en una extensión más del salón de clases.
En vacaciones, la revista cambiaba de tono. Se volvía más lúdica: juegos, retos, dibujos. Una forma amable de decirnos que el aprendizaje no tenía por qué detenerse, aunque también, quizá, una estrategia elegante para no perder lectores.
De entre todo lo que ofrecía, hay dos recuerdos que aún resisten el paso del tiempo. El primero es el poema de los Reyes Magos. Lo aprendimos en casa y terminó convirtiéndose en el corazón de una pequeña obra de teatro que montamos entre primos una Navidad. Nuestros padres, tíos y abuelos fueron el público; nosotros, actores improvisados con más entusiasmo que técnica.
El segundo recuerdo tiene forma de concurso. Una edición invitaba a resolver un examen y enviarlo a la editorial. Había premios en dinero para los primeros lugares y, para otros participantes, recompensas más modestas pero no menos memorables. A mí me tocó un reloj despertador: de esos con campanitas arriba, cuya alarma no pedía permiso, simplemente irrumpía.
Tiempo después, apareció mi nombre en una edición de la revista, impreso entre los ganadores. Fuimos a las oficinas en Avenida Universidad a recoger el premio. Ese reloj vivió durante años junto a mi cama, marcando mañanas compartidas con mi hermano, arrancándonos del sueño para cumplir con la rutina escolar.
La revista dejó de publicarse al cabo de dos o tres años. Desapareció en una época donde el internet aún no asomaba, cuando las soluciones seguían teniendo papel, grapas y olor a tinta. Sin embargo, algo de ella permanece. Tal vez en la memoria de quienes fuimos niños en los 80, tal vez en la forma en que aprendimos a resolver tareas, a recortar con cuidado, a guardar lo que “podría servir después”.
Porque, al final, no solo se trataba de hacer la tarea. Se trataba de aprender a ingeniárselas.
