Hola
El Marinero

Cuando tenía como 10 o 12 años, no estoy seguro pero era en ese rango de edad, mi papá tuvo la idea de llevarnos al plan vacacional para trabajadores del seguro social, era como en estás fechas, temporada de verano, vacaciones y claro la idea era que tuviéramos mi hermano y yo otras actividades y no quedarnos durmiendo en casa.

Mi papá entraba a trabajar muy temprano, a las 7 de la mañana tenía que checar su entrada en la planta de lavado del norte, sobre eje central, ahí donde se lava y esteriliza toda la ropa que usan en clínicas y hospitales del imss, así que en ese periodo de “vacaciones”, nos levantaba más temprano para que saliéramos con él y  pudiera llegar a tiempo a su trabajo, no tener retardo y alcanzar su bono de puntualidad.

Cuando ya había checado su entrada,i hermano y yo lo acompañamos al vestidor, el se ponía su ropa de trabajo y nos llevaba al comedor de la planta a desayunar, no recuerdo el desayuno exactamente Pero si una concha de chocolate con leche que yo me comía. Después de eso, abordamos la unidad que llevaba ropa limpia al hospital de traumatología en Magdalena de las salinas, a un costado de la avenida politécnico. 

Cabe destacar que mi hermano y yo íbamos de polizontes en la unidad, pues solo debería de llevar a los trabajadores del imss que era el chofer y dos más, uno de ellos mi papá.

En aquel entonces todos los trabajadores de la planta conocían a mi papá como “El marinero”, incluso su casillero tenía pintada un ancla ⚓ para reconocerlo, así que gracias a esa empatía y compañerismo, nadie nos decía nada por infiltrar nos en el camión de reparto, aunque en realidad la distancia de la planta de lavado al hospital de trauma es casi de un kilómetro o menos, cuestión de atravesar eje central.

Después de entrar por la parte trasera del hospital, la tarea era descargar los bultos de ropa limpia e intercambiarlos por los de ropa sucia, que obviamente irían a la planta de lavado, pero esa labor se la s encargaba mi papá a sus compañeros y ellos chistando o no, lo hacían. Mientras tanto nosotros recorríamos  de la mano de papá los pasillos del hospital por dentro, como si fuera un laberinto. “¡Marinero!”, le gritaban los compañeros al verlo pasar, intendentes, camilleros, enfermeras, doctores, todos los reconocían y el claro saludaba a todos y con todos bromeaba.

Mientras cruzábamos mi papá nos explicaba, “está es el área de quirófanos”; “aquí están los que llegan quemados”; “Acá hay muchos huesos rotos”, etc .  También nos contaba cuando construyeron el edificio y decía que él había subido al techo a ver cómo instalaban la luz, el agua, y que había conocido el edificio en su obra negra antes de que los médicos y pacientes llegaran a hacer uso de él.

Después de recorrer el edificio, cruzábamos Av. Politécnico para llegar al deportivo Benito Juárez dónde se llevaba a cabo el famoso “Plan Vacacional” y salíamos de el a las 3 de la tarde, mi papá regresaba un poco más tarde por nosotros, como 3:30 porque el salía justo a las 3 y checaba su salida, así que el tiempo que le llevaba desplazarse de la planta al deportivo era ese extra. No sé si se iba también en otro viaje de la planta al hospital de traumatología o si usaba otro método para llegar, pero supongo que si usaba uno de los viajes que de ahí salían.

Justo hoy en estos días estamos nuevamente en este hospital, nuevamente sosteniendo la mano de papá, pero está vez, no podemos cruzar esos pasillos, no hay nadie que le grite “¡Marinero!”, y no nos cuenta a dónde lleva cada puerta y pasillo que vemos.

Hoy mi papá está siendo fuerte como siempre lo ha sido, para salir de una cirugía de cadera que le dejo una caída. El sistema del imss no es el mejor, tiene muchas deficiencias y carencias, Pero de alguna manera, no puedo explicar como ni porque, nos han aparecido ángeles para que mi papá esté bien atendido, los médicos han sido empáticos, nos han atendido bien, nos han ayudado a qué mi papá esté en el área correcta, y que después de unos días, pocos en realidad, tengamos un panorama alentador y esperamos en este momento que mi papá pueda ser operado y salga adelante de este mal paso.

Solo puedo decir que aunque no estén sus compañeros de aquellos días, aunque los pasillos haya cambiado, aunque hay nuevas tecnología (no mucha en el imss claro), Pero de alguna manera el edificio del hospital si ha reconocido a “El Marinero”, y ha contribuido a qué su pase y su recuperación se pronta, su estabilización se ha dado mejor de lo que esperábamos y pronto estará en cirugía para su operación. Estoy completamente seguro que saldrá muy bien de su intervención quirúrgica, pedimos por qué Dios guíe la mano de los cirujanos y doctores para que sea lo mejor posible, Pero, aún así, estoy seguro que el hospital, por si mismo, hará lo suyo para cuidar a su “Marinero” y que pronto se recupere para seguir juntos a nosotros recordando más eventos como este.

Tareas e ilustraciones: una compañera de infancia”

Cuando estaba en tercer año de primaria, el maestro Víctor —titular de nuestro grupo y guardián involuntario de nuestras tardes— tenía una consigna casi inquebrantable: para cada tarea, una monografía. No siempre era fácil. No todas las papelerías las tenían, así que la búsqueda se convertía en una pequeña expedición por la colonia, una especie de rally infantil entre mostradores, anaqueles y miradas de “no nos queda”.

Con el tiempo, en casa comenzó a formarse algo parecido a un archivo secreto: una bolsa de monografías. Cada nueva compra dejaba un remanente —una ilustración arrancada, un tema aprovechado— y lo demás se guardaba, como si supiéramos que el futuro volvería a pedir exactamente eso. Mi madre, estratega silenciosa, lo entendió antes que nadie. Desde entonces, cada vez que un maestro pedía una monografía, su respuesta era inmediata, casi ceremonial: “Busca primero en la bolsa de las monografías, a ver si hay”.

Y casi siempre, había.

Fue en esos mismos años cuando apareció una aliada inesperada: la revista “Tareas e ilustraciones”, de Editorial Vid. Llegaba puntual a los puestos de periódicos, como si supiera exactamente lo que necesitábamos antes de que lo supiéramos nosotros. Cada edición reunía los temas de la semana, organizados por grado, alineados con ese mapa invisible que dictaba la SEP.

Era, en cierto modo, un compendio doméstico del conocimiento escolar: Español, Matemáticas, Ciencias Naturales y Sociales, explicados con paciencia y acompañados de ejercicios que prometían claridad. Pero su verdadero tesoro vivía en las orillas: la portada y la contraportada. Ahí estaban las ilustraciones, listas para ser recortadas y pegadas, como monografías en miniatura que resolvían, de un solo tajo, la parte más visual de la tarea.

Mi madre no fallaba. Cada semana, la revista llegaba a nuestras manos como parte del ritual familiar. Era herramienta, atajo y también compañía. Durante un par de años, nos evitó muchas caminatas bajo el sol en busca de una monografía esquiva, y convirtió la mesa de la casa en una extensión más del salón de clases.

En vacaciones, la revista cambiaba de tono. Se volvía más lúdica: juegos, retos, dibujos. Una forma amable de decirnos que el aprendizaje no tenía por qué detenerse, aunque también, quizá, una estrategia elegante para no perder lectores.

De entre todo lo que ofrecía, hay dos recuerdos que aún resisten el paso del tiempo. El primero es el poema de los Reyes Magos. Lo aprendimos en casa y terminó convirtiéndose en el corazón de una pequeña obra de teatro que montamos entre primos una Navidad. Nuestros padres, tíos y abuelos fueron el público; nosotros, actores improvisados con más entusiasmo que técnica.

El segundo recuerdo tiene forma de concurso. Una edición invitaba a resolver un examen y enviarlo a la editorial. Había premios en dinero para los primeros lugares y, para otros participantes, recompensas más modestas pero no menos memorables. A mí me tocó un reloj despertador: de esos con campanitas arriba, cuya alarma no pedía permiso, simplemente irrumpía.

Tiempo después, apareció mi nombre en una edición de la revista, impreso entre los ganadores. Fuimos a las oficinas en Avenida Universidad a recoger el premio. Ese reloj vivió durante años junto a mi cama, marcando mañanas compartidas con mi hermano, arrancándonos del sueño para cumplir con la rutina escolar.

La revista dejó de publicarse al cabo de dos o tres años. Desapareció en una época donde el internet aún no asomaba, cuando las soluciones seguían teniendo papel, grapas y olor a tinta. Sin embargo, algo de ella permanece. Tal vez en la memoria de quienes fuimos niños en los 80, tal vez en la forma en que aprendimos a resolver tareas, a recortar con cuidado, a guardar lo que “podría servir después”.

Porque, al final, no solo se trataba de hacer la tarea. Se trataba de aprender a ingeniárselas.