Hola
El Marinero

Cuando tenía como 10 o 12 años, no estoy seguro pero era en ese rango de edad, mi papá tuvo la idea de llevarnos al plan vacacional para trabajadores del seguro social, era como en estás fechas, temporada de verano, vacaciones y claro la idea era que tuviéramos mi hermano y yo otras actividades y no quedarnos durmiendo en casa.

Mi papá entraba a trabajar muy temprano, a las 7 de la mañana tenía que checar su entrada en la planta de lavado del norte, sobre eje central, ahí donde se lava y esteriliza toda la ropa que usan en clínicas y hospitales del imss, así que en ese periodo de “vacaciones”, nos levantaba más temprano para que saliéramos con él y  pudiera llegar a tiempo a su trabajo, no tener retardo y alcanzar su bono de puntualidad.

Cuando ya había checado su entrada,i hermano y yo lo acompañamos al vestidor, el se ponía su ropa de trabajo y nos llevaba al comedor de la planta a desayunar, no recuerdo el desayuno exactamente Pero si una concha de chocolate con leche que yo me comía. Después de eso, abordamos la unidad que llevaba ropa limpia al hospital de traumatología en Magdalena de las salinas, a un costado de la avenida politécnico. 

Cabe destacar que mi hermano y yo íbamos de polizontes en la unidad, pues solo debería de llevar a los trabajadores del imss que era el chofer y dos más, uno de ellos mi papá.

En aquel entonces todos los trabajadores de la planta conocían a mi papá como “El marinero”, incluso su casillero tenía pintada un ancla ⚓ para reconocerlo, así que gracias a esa empatía y compañerismo, nadie nos decía nada por infiltrar nos en el camión de reparto, aunque en realidad la distancia de la planta de lavado al hospital de trauma es casi de un kilómetro o menos, cuestión de atravesar eje central.

Después de entrar por la parte trasera del hospital, la tarea era descargar los bultos de ropa limpia e intercambiarlos por los de ropa sucia, que obviamente irían a la planta de lavado, pero esa labor se la s encargaba mi papá a sus compañeros y ellos chistando o no, lo hacían. Mientras tanto nosotros recorríamos  de la mano de papá los pasillos del hospital por dentro, como si fuera un laberinto. “¡Marinero!”, le gritaban los compañeros al verlo pasar, intendentes, camilleros, enfermeras, doctores, todos los reconocían y el claro saludaba a todos y con todos bromeaba.

Mientras cruzábamos mi papá nos explicaba, “está es el área de quirófanos”; “aquí están los que llegan quemados”; “Acá hay muchos huesos rotos”, etc .  También nos contaba cuando construyeron el edificio y decía que él había subido al techo a ver cómo instalaban la luz, el agua, y que había conocido el edificio en su obra negra antes de que los médicos y pacientes llegaran a hacer uso de él.

Después de recorrer el edificio, cruzábamos Av. Politécnico para llegar al deportivo Benito Juárez dónde se llevaba a cabo el famoso “Plan Vacacional” y salíamos de el a las 3 de la tarde, mi papá regresaba un poco más tarde por nosotros, como 3:30 porque el salía justo a las 3 y checaba su salida, así que el tiempo que le llevaba desplazarse de la planta al deportivo era ese extra. No sé si se iba también en otro viaje de la planta al hospital de traumatología o si usaba otro método para llegar, pero supongo que si usaba uno de los viajes que de ahí salían.

Justo hoy en estos días estamos nuevamente en este hospital, nuevamente sosteniendo la mano de papá, pero está vez, no podemos cruzar esos pasillos, no hay nadie que le grite “¡Marinero!”, y no nos cuenta a dónde lleva cada puerta y pasillo que vemos.

Hoy mi papá está siendo fuerte como siempre lo ha sido, para salir de una cirugía de cadera que le dejo una caída. El sistema del imss no es el mejor, tiene muchas deficiencias y carencias, Pero de alguna manera, no puedo explicar como ni porque, nos han aparecido ángeles para que mi papá esté bien atendido, los médicos han sido empáticos, nos han atendido bien, nos han ayudado a qué mi papá esté en el área correcta, y que después de unos días, pocos en realidad, tengamos un panorama alentador y esperamos en este momento que mi papá pueda ser operado y salga adelante de este mal paso.

Solo puedo decir que aunque no estén sus compañeros de aquellos días, aunque los pasillos haya cambiado, aunque hay nuevas tecnología (no mucha en el imss claro), Pero de alguna manera el edificio del hospital si ha reconocido a “El Marinero”, y ha contribuido a qué su pase y su recuperación se pronta, su estabilización se ha dado mejor de lo que esperábamos y pronto estará en cirugía para su operación. Estoy completamente seguro que saldrá muy bien de su intervención quirúrgica, pedimos por qué Dios guíe la mano de los cirujanos y doctores para que sea lo mejor posible, Pero, aún así, estoy seguro que el hospital, por si mismo, hará lo suyo para cuidar a su “Marinero” y que pronto se recupere para seguir juntos a nosotros recordando más eventos como este.

Tareas e ilustraciones: una compañera de infancia”

Cuando estaba en tercer año de primaria, el maestro Víctor —titular de nuestro grupo y guardián involuntario de nuestras tardes— tenía una consigna casi inquebrantable: para cada tarea, una monografía. No siempre era fácil. No todas las papelerías las tenían, así que la búsqueda se convertía en una pequeña expedición por la colonia, una especie de rally infantil entre mostradores, anaqueles y miradas de “no nos queda”.

Con el tiempo, en casa comenzó a formarse algo parecido a un archivo secreto: una bolsa de monografías. Cada nueva compra dejaba un remanente —una ilustración arrancada, un tema aprovechado— y lo demás se guardaba, como si supiéramos que el futuro volvería a pedir exactamente eso. Mi madre, estratega silenciosa, lo entendió antes que nadie. Desde entonces, cada vez que un maestro pedía una monografía, su respuesta era inmediata, casi ceremonial: “Busca primero en la bolsa de las monografías, a ver si hay”.

Y casi siempre, había.

Fue en esos mismos años cuando apareció una aliada inesperada: la revista “Tareas e ilustraciones”, de Editorial Vid. Llegaba puntual a los puestos de periódicos, como si supiera exactamente lo que necesitábamos antes de que lo supiéramos nosotros. Cada edición reunía los temas de la semana, organizados por grado, alineados con ese mapa invisible que dictaba la SEP.

Era, en cierto modo, un compendio doméstico del conocimiento escolar: Español, Matemáticas, Ciencias Naturales y Sociales, explicados con paciencia y acompañados de ejercicios que prometían claridad. Pero su verdadero tesoro vivía en las orillas: la portada y la contraportada. Ahí estaban las ilustraciones, listas para ser recortadas y pegadas, como monografías en miniatura que resolvían, de un solo tajo, la parte más visual de la tarea.

Mi madre no fallaba. Cada semana, la revista llegaba a nuestras manos como parte del ritual familiar. Era herramienta, atajo y también compañía. Durante un par de años, nos evitó muchas caminatas bajo el sol en busca de una monografía esquiva, y convirtió la mesa de la casa en una extensión más del salón de clases.

En vacaciones, la revista cambiaba de tono. Se volvía más lúdica: juegos, retos, dibujos. Una forma amable de decirnos que el aprendizaje no tenía por qué detenerse, aunque también, quizá, una estrategia elegante para no perder lectores.

De entre todo lo que ofrecía, hay dos recuerdos que aún resisten el paso del tiempo. El primero es el poema de los Reyes Magos. Lo aprendimos en casa y terminó convirtiéndose en el corazón de una pequeña obra de teatro que montamos entre primos una Navidad. Nuestros padres, tíos y abuelos fueron el público; nosotros, actores improvisados con más entusiasmo que técnica.

El segundo recuerdo tiene forma de concurso. Una edición invitaba a resolver un examen y enviarlo a la editorial. Había premios en dinero para los primeros lugares y, para otros participantes, recompensas más modestas pero no menos memorables. A mí me tocó un reloj despertador: de esos con campanitas arriba, cuya alarma no pedía permiso, simplemente irrumpía.

Tiempo después, apareció mi nombre en una edición de la revista, impreso entre los ganadores. Fuimos a las oficinas en Avenida Universidad a recoger el premio. Ese reloj vivió durante años junto a mi cama, marcando mañanas compartidas con mi hermano, arrancándonos del sueño para cumplir con la rutina escolar.

La revista dejó de publicarse al cabo de dos o tres años. Desapareció en una época donde el internet aún no asomaba, cuando las soluciones seguían teniendo papel, grapas y olor a tinta. Sin embargo, algo de ella permanece. Tal vez en la memoria de quienes fuimos niños en los 80, tal vez en la forma en que aprendimos a resolver tareas, a recortar con cuidado, a guardar lo que “podría servir después”.

Porque, al final, no solo se trataba de hacer la tarea. Se trataba de aprender a ingeniárselas.

Siempre todos juntos

Fue el verano de 1987. El atrio de la parroquia del Señor de la Misericordia se llenó de risas, nervios y una emoción que apenas entendíamos. Aquel día celebrábamos nuestra misa de graduación, al terminar el sexto de primaria. Era el cierre de una etapa y el inicio de muchas otras. Todo era alegría: risas, llantos, fotos y despedidas. Algunos seguiríamos en el mismo instituto; otros partirían hacia nuevas escuelas, nuevos caminos. Así fue aquel adiós —breve, inocente, pero lleno de promesas que el tiempo, de algún modo, se encargó de cumplir.

Pasaron los años, y fue hasta el verano de 2019 cuando volvimos a encontrarnos. El restaurante Italianni’s se convirtió en el escenario perfecto para ese reencuentro que parecía imposible. Queríamos saber qué había sido de cada uno, cómo nos había tratado la vida desde aquellos días de pupitres de madera y pizarrones de gis. Al principio fuimos pocos, pero la nostalgia hace su magia: uno recordaba a otro, alguien conseguía un número, y poco a poco fuimos reuniéndonos, volviendo a ser ese grupo de niños que alguna vez corrieron por el edificio verde.

Hoy han pasado apenas seis años desde aquel reencuentro, y sin embargo parece que llevamos toda la vida juntos. Y cómo no sentirlo así, si nos conocemos desde los seis años. Somos más que amigos: somos hermanos. Jugamos juntos, crecimos juntos, y ahora caminamos juntos en una hermandad que ha superado el paso del tiempo. Nos apoyamos, reímos y lloramos uno al lado del otro. Conocimos a las familias de cada uno, que ya también forman parte de esta gran familia a la que con cariño llamamos “El Rena.”

Es curioso: el Renacimiento significaba el renacer del conocimiento; y nosotros, en “El Renacimiento”, aprendimos nuestros primeros saberes, los que hoy nos siguen guiando. Ahora, muchos años después, volvemos a renacer, unidos como esa fraternidad que trascendió el tiempo y sigue viva.

Algunos de aquellos niños han preferido mantener distancia, y está bien. Respetamos su decisión; saben que cuentan con nosotros, y que el día en que volvamos a cruzarnos, nos daremos un abrazo sincero, de esos que dicen más que mil palabras.

Por lo pronto, los demás seguimos juntos. Siempre juntos. Haciendo planes, compartiendo momentos, aprendiendo unos de otros, sumando vida, experiencia y sabiduría.

Hoy, con medio siglo de vida en cada uno de nosotros, agradezco a la vida, a Dios, a la fuerza, por habernos cruzado en el camino, por compartir esta aventura en este plano, tiempo y espacio. Algún día partiremos hacia otro lugar, cantaremos:

“Siempre todos juntos
Llegamos para nunca irnos
Siempre vamos juntos
Hacer juntos una armonía
Siempre, todos juntos
Llegamos y estamos aquí”

De casete a casete

En aquel viaje a los Estados Unidos, la amiga de mi mamá había traído varias cosas para regalarle a mis hermanas, pues tenía tal acercamiento con mi mamá y con ellas que las estimaba mucho, entre algunas prendas de ropa y otros accesorios más, propios de unas niñas pequeñas.

La señora estimaba mucho a mi mamá. Eran buenas amigas, pero se inclinaba más, lógicamente, por la amistad de su hija con mis hermanas. Sin embargo, a toda la familia nos compartió mucho amor y cariño. Alguna vez nos invitó a su casa en Tabasco, pero esa aventura la dejaré para otro relato.

Recuerdo que en aquella ocasión su comentario fue: “Lupe, no les traje nada a los muchachos” y agregó: “pero me sobraron unos dólares de mi viaje, ¿crees que los puedan cambiar y se compren algo que ellos quieran?”. Mi madre, al principio, le dijo que no era necesario, que no había problema alguno, pero ella insistió, así que nos dejó algunos billetes verdes y unos chiclets americanos (que, cabe destacar, en aquellos tiempos no llegaban por acá esas marcas).

Mis padres nos dieron a elegir entre ropa o alguna otra cosa para comprar. Mi hermano y yo, unos adolescentes que comenzábamos a descubrir la música —y cabe decir que los buenos ritmos—, decidimos comprar una grabadora. Pero no podía ser una cualquiera: escogimos una grabadora que copiara de casete a casete.

Así que fuimos al centro de la Ciudad de México, a buscar dicho reproductor, y en la calle de Tabaqueros, donde se ponían los puestos que “importaban” electrónicos desde el otro lado de la frontera, encontramos nuestra preciada “gabacha”. Un aparato simple, pero con doble casetera, que sintonizaba AM y FM, y tenía un pequeño ecualizador en la parte superior, así como balance de graves y agudos.

Al llegar a casa, de inmediato le encontramos un lugar en el mueble blanco que teníamos en nuestra recámara, para que desde ahí pudiéramos escuchar música, e incluso nos despertara por las mañanas para ir a la escuela. Y no es que tuviera alarma, pero mamá entraba a la recámara, la prendía en las mañanas y ponía el radio para que nosotros pudiéramos despertar y prepararnos para salir.

La “gabacha” grabó música del radio, esperando que el locutor no hablara para que saliera la canción lo mejor posible. Hicimos mezclas de las canciones que sonaban en el momento, pedíamos prestados a nuestros amigos los casetes de moda y los copiábamos.

Había cintas de 60 minutos, y juntábamos el dinero que nos sobraba para ir a la escuela con el fin de comprar nuestros propios casetes. Luego descubrimos las cintas de 90 minutos, así que casi grabábamos un álbum completo de cada uno de los lados.

Recuerdo la primera cinta que copiamos: era el nuevo álbum de los “Hombres G”, ese donde venían las primeras palabras altisonantes en una melodía. No habíamos comprado una cinta virgen, así que mi papá nos dio una que aparentemente ya no usaban. La sorpresa fue que esa cinta vieja era donde estaba grabada la misa de la boda de mis papás. Mi madre se enojó, y recuerdo que nos castigó con la “gabacha” por un tiempo, porque habíamos borrado su boda.

Antes de los MP3, mucho antes de Spotify, aquella “gabacha” nos dio la alegría musical que todo adolescente necesita.

El final de Skype: el pionero que transformó las videollamadas (2003–2025)

¿Qué fue Skype y por qué fue tan importante?

En el año 2003 nació Skype, una de las primeras aplicaciones que permitían realizar llamadas de voz y videollamadas por internet entre múltiples personas. En aquel entonces, aún no existían las redes sociales ni las apps móviles que hoy usamos a diario. Solo contábamos con programas como MSN Messenger o ICQ para comunicarnos.

Skype revolucionó la comunicación digital al permitir:

  • Llamadas gratuitas entre usuarios.
  • Videollamadas en tiempo real.
  • Chat integrado.
  • Envío de archivos.
  • La posibilidad de adquirir un número telefónico internacional para hacer y recibir llamadas locales.

Breve historia de Skype: fechas clave

  • Agosto de 2003: Skype fue creado por Niklas Zennström, Janus Friis y un equipo de desarrolladores estonios.
  • 2005: eBay compró Skype por 2.6 mil millones de dólares, aunque sin mucho éxito.
  • 2011: Microsoft adquiere Skype por 8.5 mil millones de dólares para integrarlo en su ecosistema de productos como Outlook, Xbox y Windows.

Durante años, Skype fue la herramienta predilecta para realizar videoconferencias empresariales y mantener contacto con familiares a larga distancia.

¿Por qué Skype perdió relevancia?

La llegada de la pandemia en 2020 impulsó el uso de plataformas como Zoom y Google Meet, que ofrecían mejor calidad de imagen, estabilidad y funciones colaborativas. Mientras tanto, Microsoft lanzó Microsoft Teams, una herramienta más moderna e integrada para equipos de trabajo.

Entre los motivos del declive de Skype destacan:

  • Interfaz poco intuitiva en sus últimas versiones.
  • Problemas de rendimiento.
  • Falta de adaptación frente a competidores.
  • Transición empresarial hacia herramientas colaborativas.

Mi experiencia personal con Skype

Aunque lo usé poco, en su momento consideré comprar un número telefónico para utilizarlo como canal de atención en mi negocio. También lo utilicé para estar en contacto con colaboradores y compartir avances de proyectos mediante videollamadas.

📅 5 de mayo de 2025: la despedida de Skype

Microsoft anunció oficialmente el cierre definitivo de Skype, estableciendo el 5 de mayo de 2025 como la fecha de su desaparición. A partir de entonces, Microsoft Teams será la plataforma principal para la comunicación empresarial y colaborativa.

Un adiós con nostalgia y gratitud

Skype se une a nombres como Messenger, ICQ y AOL, servicios que marcaron un antes y un después en la forma en que nos comunicamos a distancia. Hoy damos por hecho las videollamadas y el trabajo remoto, pero estas tecnologías no serían lo que son sin los pasos que Skype dio en su momento.

May the 4th be with you

Recuerdo claramente aquella tarde en que mi papá nos llevó al cine. Mientras mi mamá y mis hermanas se quedaban en casa de mis padrinos, nosotros emprendimos un pequeño viaje que marcaría mi vida. Cruzamos el puente de Río Consulado, y al fondo, como una promesa luminosa, se alzaba el hoy extinto cinema La Raza. En su marquesina brillaba el título que capturó mi imaginación desde entonces: “La guerra de las galaxias: El retorno del Jedi”.

Conforme nos acercábamos, la emoción crecía. Sabíamos que era la película del momento, que todos hablaban de ella, pero mi hermano y yo no teníamos idea del mundo al que estábamos a punto de entrar. Ver a “Arturito” en pantalla (así le llamábamos entonces a R2-D2), los duelos con sables láser, las naves espaciales… todo sucedía en un universo tan vasto y vivo que superaba incluso lo que nuestra imaginación infantil podía construir.

Entramos a la sala cuando la película ya había comenzado. Recuerdo que estaba prácticamente a la mitad; seguramente llegamos después del intermedio, una costumbre que en esos años permitía salir por palomitas y regresar sin perderse el resto. Aun así, intentamos seguir la trama: la lucha entre el bien y el mal, el lado luminoso y el lado oscuro de la Fuerza.

Cuando terminó, no queríamos irnos. Aprovechando la permanencia voluntaria —esa maravillosa política que permitía quedarse en la sala el tiempo que uno quisiera—, decidimos ver el inicio para entender mejor la historia. Nos quedamos hasta llegar justo al punto donde habíamos entrado, y así completamos la experiencia.

Al salir, no parábamos de hablar. Comentábamos asombrados los efectos especiales, las batallas con sables, los personajes… Yo, en particular, quedé fascinado con los combates. Desde ese día, supe que algo dentro de mí había cambiado. Recuerdo que, entre risas y teorías, uno de nosotros dijo: “Seguro en las anteriores cuentan cómo Darth Vader se volvió malo”. No sabíamos que estábamos viendo el episodio VI.

En la salida, algunos vendedores ofrecían pequeños sables de luz colgantes: unos tubos de cristal con líquido verde fluorescente que brillaban en la oscuridad. En ese momento, era lo más cercano a tener un sable láser de verdad. También había figuras similares con otros diseños, pero para nosotros, lo único que importaba eran los sables.

Desde entonces, me convertí en fanático, coleccionista y eterno seguidor de la saga. Recuerdo ver una y otra vez el episodio IV en el canal Trece, donde lo repetían cada semana. Los juguetes que nuestros padres podían comprarnos, el álbum de Chiclets Adams, los juegos de cama que mi mamá nos regaló —que, aunque no eran de Star Wars, tenían un ambiente espacial que nosotros integrábamos al universo—, todo formaba parte de una devoción creciente.

Hoy, cada 4 de mayo, celebro con gusto el May the 4th be with you, rodeado de figuras coleccionables, guardando imágenes de internet, viendo las nuevas películas —que, aunque a muchos no les convencen, yo sigo disfrutando con la misma ilusión de aquel niño que, por primera vez, entró a una galaxia muy, muy lejana en el desaparecido cinema La Raza.

Hilos

Seguramente ya te has enterado de la tendencia de la semana pasada en las redes, y casi puedo asegurar que ya tienes tu cuenta en la nueva red social llamada Threads, propiedad de meta, si de nuestro amigo zucaritas (Mark Zuckerberg), ahora que si aún no lo sabes, dejame ponerte en contexto.

El día miercoles 5 de julio, pasado medio día, se lanzo oficialmente la aplicaión de threads, misma que había sido anunciada para el día 6 de julio, pero que la empresa dueña de facebook, decidio adelantar unas horas pues la espectativa ya era bastante grande para recibirla.

Efectivamente es muy similar a Twitter, y por eso el nombre, pues se trata de formar hilos de discusión de un tema con comentarios cortos y así ir formando el debate en cada uno de ellos

En Tan solo 24 hrs, Threads logro recopilar casi 30 millones de usuarios en todo el mundo, un hecho historico en redes sociales, pues a twitter le llevo 7 años llegar a ese numero de usuarios

A diferencia´de Twitter, Threads solo puede usarse en el movil, aunque hay un sitio web  (https://threads.net), el sitio solo te muestra el logotipo en particulas que puedes desplazar con el mouse y un codigo QR para que puedas descargar la aplicación ya sea en IOS o Android.

Y bueno, ya probando la aplicación, aqui mis comentarios

  • Es necesario que tengas una cuenta en Instagram, para poder tener tu cuenta en Threads, pues el usuario es el mismo, solo que si en algún momento decides cerrar cualquiera de ellas, tendras que hacerlo con las dos, pues estan ligadas en todo sentido
  • Al registrarte por primera vez, threads te pide seguir todas tus cuentas de instagram, lo cual te permite tener a todos tus seguidores al instante y tambien seguir tus cuentas favoritas de instagram
  • Puedes compartir texto, imagenes y videos, aunque no he descubierto cual es el minimo de imagenes pues en twitter solo podrias poner 4 por tuit y en Instagrams 10 imagenes por post.
  • Ironicametne, te permite compartir en twitter de forma nativa haciendo un “tuit”
  • No cuenta con modo oscuro, quiza sea solo temporal y proximamente habiliten esta función, que es bastante util para varios

Pues con una semana utilizandolo, no hay mucho que decir, pero ya iremos descubriendo nuevas funciones y el exito de Threads, quiza mucha gente solo habrio su cuenta por curiosidad, quiza muchos decidan usarlo en vez de twitter y algunos otros entren al mundo de los hilos gracias a esta aplicación.

Algo que aún es incierto es saber que pasara con twitter, si la red perdera popularidad o si decidan hacer un cambio con ella para darle una buena competencia a Threads

Y tu… ¿ya lo descargaste?

10 de mayo

Casi siempre al medio día, quizá un poco después, regresábamos a casa de la escuela, terminaba el clásico festival del 10 de mayo, donde como es costumbre, cada grupo presentaba su bailable folclórico por lo regular o a veces algo que estuviera de moda y sonara en la radio.

Por supuesto, nos tocaba dar algunos pasos en estos bailables, aunque no fuera tan hábil en ese sentido, pero era casi obligatorio por ser parte del grupo en la escuela, cada año era un bailable diferente, estado, región, ritmo, todo de acuerdo a los gustos o los conocimientos del maestro en turno claro, así que cada uno hacia su propuesta y por supuesto, cada uno de ellos llevaba un ritmo y vestuario distinto.

Lo clásico era que el maestro dijera que había que comprar tal o cual vestuario, ya fuera que la misma escuela vendiera este, que lo hiciera el maestro o que entre las mamás se pusieran de acuerdo para ir a la lagunilla a comprar el vestuario mas “bonito”, y que mejor luciera en sus bendiciones, pues creo que hasta antes de la pandemia seguía siendo la tradición.

Y llegando a casa, mamá entraba a su recamara, se recostaba en la cama y se quedaba dormida por varias horas, justo en su día, mientras nosotros jugábamos o hacíamos cualquier cosa, solo se levantaba a la hora de comer y a veces volvía a recostarse un poco mas, a veces hasta el día siguiente.

La noche anterior, toda la noche, mamá la pasaba en vela, cortando, cosiendo, pegando listones, chaquira o lo que fuera necesario para el vestuario que usaríamos en el famoso bailable para honrar a las madres, no recuerdo una sola vez que hubiera comprado este, pero recuerdo que decía que eran demasiado caros y que prefería comprar la tela y hacerlo ella misma.

Su carrera como modista y quizá el orgullo profesional, además de la austeridad en casa, le ayudaba a saber como hacer esos vestuarios exactamente iguales a los que les vendían a las otras señoras para sus hijos, pero por supuesto ella le imprimía todo el corazón y cariño para imitarlos exactamente igual y de mucho mejor calidad. Días antes buscaba las telas, los listones, botones, accesorios etc. que eran necesarios. nos tomaba medidas con su cinta de costurara, dibujaba los moldes, cortaba los pedazos de tela y justo el 9 de mayo desde la tarde, comenzaba el termino de los vestuarios.

Finalmente, ya que todo el traje típico estaba listo, aun se daba el tiempo para hacer un planchado perfecto, que no se viera ni una sola arruga, y que fueran perfectos para que en la mañana, al despertar pudiéramos portar ese vestuario y entonces, ir a la escuela a interpretar el bailable.

No se que pensaría mamá cuando nos veía bailando, si se sentiría orgullosa de su trabajo (seguro que si), o si solo pensaba en que había cumplido con que todo saliera bien y no nos viéramos diferentes a los demás.

Hoy solo nos queda el recuerdo, las imágenes de recuerdos y una que otra fotografía de esos vestuarios, pero algo que siempre nos queda en el corazón, hoy que mamá ya no esta con nosotros, es el cariño, el amor con que hizo su trabajo, y como buscaba siempre la forma de hacernos ver bien, y aunque dormía en su dia, estoy seguro que a su modo lo disfrutaba.

Hasta el cielo, gracias ma por todo ese tiempo, todo ese amor que siempre nos demostraste.

Hoyitos en la ventana

Contemplaba la gente pasar en la calle, el bailar de los arboles con el aire, las estrellas o las gotas de lluvia a caer en la acera, así era como semana a semana durante una noche, la pequeña Bibi a través de la ventana, esperaba la ansiosa llegada de mamá y papá.

Con su larga cabellera negra, cual cascada cayendo hasta su cintura y esa sonrisa única que dibuja un par de hoyitos en cada uno de sus cachetes; así es su alegría que contagia a todo aquel a su alrededor, de ahí el nombre, “la de los hoyitos”.

Una vez por semana, “la de los hoyitos” pasaba horas frente a la ventana, no había sonrisa, no había alegría, solo por algunos momentos recorrían un par de lagrimas sus mejillas, saliendo de los enormes ojos negros que en acompañaban a “los hoyitos” en las risas.

– ¡Ven a dormir! – le decía su abuelita, – toma tu leche – cualquier frase para llamar su atención y distraer su espera, mientras sus hermanos jugaban o cenaban, pero ella, “la de los hoyitos” no soltaba su posición, abrazaba la cortina blanca que colgaba de la ventana que veía a la calle.

Algunas veces, subía al sofá, y se aferraba a los barrotes de la ventana, blancos como la pijama que vestía, aunque estaba lista para resguardarse en cama, se mantenía firme mirando la oscuridad de la calle, esperando por horas el momento de felicidad.

Cuando finalmente, las dos chapas que custodiaban el saguan daban las vueltas necesarias para que este se abriera y regresando de su reunión semanal, “la de los hoyitos” con sus ojos negros cual capulines, veía las siluetas de papá y mamá cruzar la entrada del hogar.

Mamá abrazaba a la pequeña Bibi, le decía que ya no llorara, que habían llegado a casa, mientras papá volvía a cerrar la puerta para después, cargarla en sus brazos y llevarla a su cama recargada en su hombre mientras ella, esbosando la sonrisa que durante la espera no se había visto, dibujaba en cada mejilla un hoyito de felicidad.